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FSAI asiste al I Encuentro de Asociaciones de Víctimas y Afectados en los Modos del Transporte

“Voces de la Tragedia”: escuchar a las víctimas para aprender y prevenir

FSAI asiste al I Encuentro de Asociaciones de Víctimas y Afectados en los Modos del Transporte, celebrado en el Congreso de los Diputados, donde los testimonios de quienes han sufrido grandes tragedias ponen de manifiesto la necesidad de reforzar la atención a las víctimas, la independencia de las investigaciones y la seguridad operacional.

El pasado jueves 8 de octubre se celebró en la Sala Ernest Lluch del Congreso de los Diputados el I Encuentro de Asociaciones de Víctimas y Afectados en los Modos del Transporte, “Voces de la Tragedia”, una iniciativa que reunió por primera vez a asociaciones vinculadas a tragedias aéreas, ferroviarias, de metro y de otros medios de transporte para compartir experiencias y poner en común una realidad que trasciende cada suceso particular.

El encuentro, dirigido también a profesionales, investigadores, instituciones y personas interesadas en conocer la perspectiva de las víctimas, fue organizado por la Asociación de Víctimas del Descarrilamiento de Adamuz y la Fundación de Seguridad Aérea (FaSA20), a quienes desde FSAI agradecemos su esfuerzo, su compromiso y la invitación a participar en esta jornada.

Dar voz a quienes no debemos dejar de escuchar

A lo largo de la mañana, los representantes de distintas asociaciones y colectivos compartieron sus experiencias siguiendo el orden cronológico de las tragedias que marcaron sus vidas:

  • Miguel Ángel Sencianes, de la Asociación YAK-42.

  • Pilar Vera, de la Asociación de Afectados del Vuelo JK5022.

  • Jesús Domínguez, de la Asociación Plataforma Víctimas Alvia 04155.

  • Águeda Rueda, víctima del vuelo AH5017 de Swiftair.

  • Lourdes Bonet, de la Asociación de Afectados del Vuelo GWI9525.

  • Mario Samper, de la Asociación de Víctimas del Descarrilamiento de Adamuz.

Sus testimonios pusieron sobre la mesa cuestiones que no pueden quedar relegadas al recuerdo de una tragedia ni limitarse a la búsqueda de responsabilidades una vez que el daño ya se ha producido.

De las intervenciones surgieron tres grandes preocupaciones que merecen una reflexión profunda.

1. La atención a las víctimas y sus familias: una deuda pendiente

Uno de los aspectos más duros de los testimonios fue el trato recibido por muchas víctimas y familiares por parte de las instituciones y los organismos implicados. En lugar de encontrar siempre apoyo, comprensión y acompañamiento, algunos relataron experiencias de desatención, enfrentamiento e incluso intentos de desacreditar sus reivindicaciones.

A ello se suman procesos judiciales y administrativos que pueden prolongarse durante años, incluso décadas, dificultando que las familias encuentren respuestas y puedan cerrar, en la medida de lo posible, unas heridas que nunca desaparecen por completo.

La atención a las víctimas no puede reducirse a los primeros momentos posteriores a una tragedia. Es necesario contar con protocolos eficaces, una asistencia continuada y un compromiso institucional que sitúe a las personas afectadas en el centro, garantizando su derecho a ser escuchadas, informadas y tratadas con dignidad.

2. Investigaciones rigurosas para conocer las causas reales

Otro de los asuntos recurrentes fue la preocupación por la calidad, la independencia y el alcance de las investigaciones técnicas realizadas tras las tragedias.

Los representantes compartieron experiencias en las que, a su juicio, las investigaciones no habían permitido esclarecer adecuadamente todas las causas y circunstancias de lo ocurrido. También denunciaron que, en ocasiones, la responsabilidad parecía concentrarse en quienes se encontraban al final de la cadena operativa —pilotos, maquinistas, técnicos o personal de mantenimiento— sin profundizar suficientemente en las decisiones organizativas y sistémicas que podían haber contribuido al suceso.

La seguridad de cualquier medio de transporte depende de un sistema complejo: planificación, recursos económicos y humanos, mantenimiento, formación, procedimientos, supervisión y decisiones de gestión. Por eso, una investigación rigurosa debe ir más allá del último error y analizar el conjunto de factores que hicieron posible que la tragedia ocurriera.

Se trata de identificar las causas, aprender de ellas y establecer medidas correctoras que eviten que vuelvan a repetirse. No de buscar una explicación sencilla que permita cerrar el caso sin abordar los problemas de fondo.

Durante el encuentro también se planteó una reflexión de especial calado: ¿debemos hablar siempre de accidentes cuando existían riesgos conocidos y oportunidades para prevenirlos? Para muchos de los participantes, llamar accidente a un suceso puede transmitir una idea de inevitabilidad que no se corresponde con la realidad de aquellos casos en los que las señales de alarma estaban presentes y no se actuó adecuadamente.

Las palabras importan, pero aún más importante es que las investigaciones permitan determinar qué ocurrió, por qué ocurrió y qué podría haberse hecho para evitarlo.

3. La seguridad operacional debe estar por encima de cualquier otra consideración

Los testimonios también expresaron una profunda preocupación por el futuro de la seguridad operacional en los distintos modos de transporte.

Los sistemas de gestión de la seguridad deben ser sólidos, eficaces y capaces de anticiparse a los riesgos. No basta con disponer de normas y procedimientos ni con acreditar formalmente su cumplimiento. Es imprescindible que estos sistemas funcionen en la práctica, que los riesgos identificados se evalúen adecuadamente y que las medidas preventivas se implanten antes de que sea demasiado tarde.

Cuando las decisiones sobre recursos, organización o mantenimiento se adoptan sin dar a la seguridad el peso que merece, el sistema puede terminar conviviendo con riesgos que deberían haberse eliminado o reducido.

La seguridad no puede convertirse en un mero requisito documental ni quedar subordinada a criterios de coste, rentabilidad o conveniencia organizativa. La verdadera cultura de seguridad se demuestra cuando se actúa ante un riesgo conocido, incluso cuando hacerlo exige modificar decisiones, asignar más recursos o asumir responsabilidades.

En este ámbito, merece una mención especial la labor de la Fundación de Seguridad Aérea (FaSA20) y de su presidenta, D.ª Pilar Vera, que lleva años trabajando para mejorar la asistencia a las víctimas y la seguridad aérea, también mediante su participación en foros internacionales de la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI).

Su contribución ha sido reconocida con el 44.º Premio Edward Warner de la OACI, en reconocimiento a su destacada labor en el ámbito de la asistencia a las víctimas y la mejora de la seguridad aérea. Un ejemplo de cómo la experiencia de quienes han sufrido una tragedia puede transformarse en compromiso, propuestas y avances para toda la sociedad.

Una reflexión que va más allá de las tragedias

Más allá de los datos, los procedimientos y las responsabilidades que puedan determinarse en cada caso, el encuentro dejó una pregunta que merece acompañarnos mucho después de abandonar la sala.

Enrique, compañero de FSAI, compartía tras la jornada una reflexión personal que resume buena parte de lo que allí se escuchó:

¿Quién es responsable?

Una y otra vez aparecía la misma cuestión. Gobiernos, organismos reguladores, gestores de infraestructuras, empresas, pilotos, técnicos, maquinistas y personal de mantenimiento. Distintos niveles de responsabilidad y distintas capacidades de actuación, pero una misma realidad: en algunos de los casos relatados existían riesgos y señales de alerta antes de que se produjeran las tragedias.

Y entonces surge una pregunta aún más incómoda: ¿de qué sirve saber que algo puede pasar si no hacemos nada para impedirlo?

A menudo, cuando ocurre una desgracia, comienza la búsqueda de responsables. Se revisan decisiones, se analizan procedimientos y se intenta reconstruir lo sucedido. Sin embargo, quizá deberíamos hacernos esas preguntas antes, cuando todavía estamos a tiempo de evitar las consecuencias.

La responsabilidad no siempre se encuentra únicamente en quien toma la última decisión o comete el último error. También puede estar en quienes conocen un riesgo, tienen capacidad para intervenir y, por distintas razones, no actúan.

Esta reflexión tampoco debe quedarse en las grandes decisiones de los organismos y las empresas. Nos interpela a todos, en la medida de nuestras posibilidades y responsabilidades profesionales.

¿Vemos situaciones que no funcionan? ¿Conocemos riesgos que no están siendo atendidos adecuadamente? ¿Advertimos decisiones que pueden comprometer la seguridad? Y, sobre todo, ¿qué hacemos cuando somos conscientes de ello?

No siempre está en nuestra mano cambiar una organización o corregir una decisión. Pero sí es importante preguntarnos qué podemos hacer, qué debemos comunicar, qué riesgos no podemos normalizar y qué oportunidades de mejora no deberíamos dejar pasar.

Porque una cultura de seguridad auténtica necesita procedimientos y recursos, pero también personas dispuestas a señalar los problemas, organizaciones dispuestas a escuchar y responsables dispuestos a actuar.

La diferencia entre anticiparse a una tragedia y lamentarla puede estar, precisamente, en lo que hacemos hoy con aquello que ya sabemos.

Desde FSAI agradecemos a la Asociación de Víctimas del Descarrilamiento de Adamuz y a la Fundación de Seguridad Aérea (FaSA20) la organización de este encuentro y la oportunidad de escuchar a quienes, pese al dolor sufrido, continúan trabajando para que otras personas no tengan que pasar por lo mismo.

Sus testimonios nos recuerdan que detrás de cada tragedia hay personas, familias y vidas que cambian para siempre. Escucharlas es una obligación. Aprender de lo ocurrido, una responsabilidad. Y actuar para evitar que vuelva a suceder, un compromiso que no podemos aplazar.

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